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viernes, 12 de octubre de 2007

Esta forma perspicaz de encender tu hoguera

Esta forma de guardarme en los caminos de tu cuello en el silencio de tus ojos en la forma de tu boca cuando ambas caemos en el amor espeso de la noche cuando la noche nos da sus horas para ser la gran tormenta que se anuncia. Esta situación de hacer malabarismo con los días con el injusto dolor que proponen los días con esos tonos grises de la historia mientras se deshace la piel si la brisa de tu aliento se acerca y ya no podemos más que vaciarnos hasta quedarnos dormidas sobre nuestros cuerpos. Esta extraña melodía de escuchar tu voz en el eco de un caracol abandonado y cuidarlo del silencio mientras estoy muda y callada ante la ola que te envuelve. Esta manera de deshacernos de derrumbarnos delicadamente sobre el deseo sobre las telas que nos desvisten sobre el sol que nos despoja sobre la deliciosa idea de sentir que nos vamos perdiendo. Esta endereza para soportar la distancia fina y cruel como una aguja como si tu vida pudiera ser raptada por las aves como si esperar fuera el destino del juego del tiempo como si esa aguja se clavara en la sombra en los espejos en la lluvia en las hojas secas que duermen el sueño de nuestro amor.
V.Z.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Van a llamarte en la madrugada. Golpearán tu puerta. Vendrán a buscarte. No intentés respirar más de la cuenta más de la justa medida que por ser medida siempre será injusta. No quieras espiar por las rendijas de la ventana porque lo sabrán y estarán viendo. Te observan. Es mejor que no lo sepas o que no lo recuerdes o que puedas acostumbrarte. Vas a sufrir. Llamarán cuando aún no amanezca. Cuando la oscuridad y el frío te arroje al miedo y el miedo vaya anidando en la carne en los huesos. Vas a comenzar a idear el cuidado necesario la medida necesaria la mentira que te salve. Vendrán a buscarte. Golpearán tu puerta. Está señalado el día. Está marcado el destino. No estarás a salvo temblarán las piernas. Entonces la furia del viento golpeará tu rostro.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Ojalá no hubiera sido así

Voy a vomitar. Aunque me digas que es tarde que es imposible que esto de dar qué hablar es imposible que puntualmente vernos una vez más es imposible. Voy a escupir. Y no me importa si se abren las sombrillas si los diarios atajan o alguien pone la mano. No, no me importa. Voy a escupir igual. En la sombra de tu sombra deletreando las palabras del cinismo cotidiano de la presencia omnipotente de apuntar al blanco. Voy a vomitar feroz y desdichada. Escondida detrás de las flores con el cuerpo contorsionado y endurecido con los ojos agotados y el estómago chillando con las manos sosteniendo lo que fluye a borbotones.
Te sumergís en esa felicidad inexplicable en esa súbita alegría en esa forma descabellada de andar por el alma ajena. Te guardo esta locura fermentada te guardo el pulso desequilibrado de las noches te guardo las pesadillas y el recuerdo que tengo bajo la almohada. Voy a escupirte de arriba hacia abajo sin remordimiento sin una sola porción de culpa sin dudarlo un segundo como si hubiera crecido pensando en eso como si todos los días lo repitiera en voz alta como si hubiera planeado esto antes de encontrarte. Y quitarte del centro y librarme de vos.
Tu forma de ir por la vida sin vida. Tu maldita forma. Voy a escupir igual. Aunque esos ojos ingenuos me miren desde la puerta. Aunque te asustes y temas por vos misma. Aunque no entiendas de códigos ni de compromisos ni de ser consecuente en acción y pensamiento. Voy a vomitarte. Quiero darte asco. Quiero que te arrepientas de mi presencia. Quiero que te escabullas entre la multitud. Que sientas miedo que me odies. Voy a escupirte sin clemencia. Aprendiendo la impiedad la intolerancia. Tu cinismo a la basura. Tu cinismo putrefacto hecho caldo pestilente sobre el rostro. Quiero que tragues sin emitir sonido. Quiero que comprendas que ya dejé de escupir a la inversa.

sábado, 12 de mayo de 2007

El agua

El agua en la olla hierve. Mis manos y el frío. Te fuiste hace tiempo. La sal se consume. La cocina se hunde en vapores que suman la oscuridad que viene avanzando a través de la ventana. El agua en la olla hierve. Nada hay para echarle sólo esta tortuosa idea de saber que las horas se colman de imposibles. Te llevaste mis manos. La sal se evapora. Tengo toda la noche por delante. El agua en la olla hierve. Pienso en lo que tal vez estés pensando, pienso que a lo mejor te encontrás en un rincón oscuro pensando en mis ojos pensando esta ausencia pensando en esta incapaz necesidad de perdernos. No puedo perderte. No puedo dejar que tu distancia carcoma los huesos los días. El agua en la olla hierve. Para qué hierve. Para qué si aún no llegás. Para qué si los caminos no te anuncian. Te fuiste hace tiempo. Hace demasiado tiempo. Pienso que quizás tus brazos me esperan y no lo saben, que vas a otros brazos para olvidarme, que alguna razón te aparta y no lo decís, que te dormís cansada de esperar, que te pienso y me pensás y entonces nos pensamos en el mismo instante en lugares opuestos. El agua en la olla hierve. Para qué hierve si no es para marcar los minutos que pasan. Mis manos y el frío. La sal que se evapora. Las burbujas desesperadas bailan en la soledad que me tiene, el insomnio que me apresa, la invocación de tu presencia, el alma ensimismada. El agua en la olla hierve y no hay regreso. La sal que se evapora y se hace pena.

V. Z.

jueves, 3 de mayo de 2007

Detenerlas

Detenerlas. Parar sus bocas que mastican la noche y me deshacen. Me amasan en sus pudorosas bocas pero jamás tragan. Quiero detenerme. Hacer un alto en la mañana. Nunca jamás en la noche. Detener sus bocas. Detenerme. Deseo parar el engranaje y la polea que me cuelga del espacio infinito que levanta y siempre es más alto hasta verlo todo pequeño y sentir que me alejo que algunos me llaman que pretenden cortar la soga estropear la maquinaria.
Quiero parar. Detenerlo todo. Detenerme. Poner fin y descender y resguardarme en tu abrazo y postergar la caída y acallar las voces. Amordazar sus labios hundir esas bocas en las profundidades de este río. Olvidar y negarlas. Quiero suspenderme en la hojarasca cayendo sobre tu cuerpo en ese instante en el preciso momento en que esa hoja seca se posa delicadamente sobre la tibieza de tu piel. Detenerlas en el otoño. Detenerme. Y que otros sean los que siguen los que nunca paran los que continúan a cualquier precio. Quiero parar. Cerrar los ojos y sentir tu respiración detenida en el aire.

V. Z.

Directamente proporcional

La cantidad de besos es directamente proporcional a las caricias recibidas. Por eso tus manos tejen esos besos. Por eso es que los ojos acompañan tus caricias. Y mis brazos se envuelven en tus brazos, y se me pierde la boca en tu boca.
La cantidad de besos es para atrapar las mariposas que se escapan de tu piel, y contrarrestar la oscuridad que nos rodea, curar tus dedos lastimados por espinas, aprenderme el sabor de tus costados, detener las horas en un conjuro de sueños.
La cantidad de besos es inversamente proporcional al tiempo. Por eso te beso sin besarte para saber de la distancia venidera. Y me guardo para siempre detrás de tus orejas, me quedo dormida sobre tus párpados, me llevo el abrazo para el resto del día.

V. Z.

sábado, 7 de abril de 2007

Las damas juegan ajedrez

...jamás elegiría estar nuevamente en el centro del deseo:
también así se puede terminar destrozado.
Alicia Plante

Es noche. Siempre es noche. Acá y más allá. Te pierdo mientras en el preámbulo nocturno las damas juegan ajedrez. Vas en algunos trucos de esos juegos. Te sorprendés en el fulgor de la trampa, en el deslumbre de las jugadas. Es noche, y te pierdo. Porque soy tan vieja en la mañana. Porque me ahogo en esa bruma que insisto y justifico. Las damas juegan ajedrez. No hay reglas. No habrá forma de abandonar ese juego y salir ilesa. Te pensás en ciertas tácticas que planeás por las tardes cuando nadie te nombra, cuando estás ausente de vos misma. Te pierdo y siempre es noche. Las finas manos pintadas apuestan los cuerpos se inclinan el deseo mueve los peones la vanidad mueve las torres. Cuidate de las trampas. Pierdo porque mi juego es otro. Por eso te pierdo.
V. Z.

No es la culpa


N
o es la culpa. La culpa nada tiene que ver con tu necesidad. Tu necesidad de crecer siempre hacia afuera. El afuera que idolatrás de rodillas sumida en los destellos inventados. Tu invento que no puede crecer más allá de tus uñas de tu visión. No es la culpa. No la culpes a ella. Ella no tiene la culpa de ser quien sos. Ella no puede comprender la incertidumbre que te lastima. Dejala porque no es ella. Sos vos y tu miedo a verte sonriendo. Sos vos y los juegos que te esconden el amor. No es la culpa. Soy yo; que golpeo a tu puerta con palabras de altas horas que llevo esas luces en mi pecho y enseño las flores y te hablo de la vida que se va. Yo; que tengo el cuerpo agotado de tanto amor y el alma germinando en las macetas. No es la culpa. Dejá que mis manos te inventen. Dejá que mis labios te borren como ellos saben.
V. Z.

Que nadie lo sepa


Que nadie lo sepa. Que se hable apenas con el aliento. Que se hable como los niños. Que se hable muy bajo. Que casi no se hable. Que no se hable. Tal vez un murmullo y no sé. Mejor que no se diga nada. Ni siquiera eso. Sí, ni siquiera. Mucho menos eso. Que todo sea un secreto. Un falso secreto que te quite el sueño que te acerque a mi incertidumbre a ese lugar sagrado desde donde te espío. En puntas de pie te observo por la cerradura. Vas y venís con el paso angosto de una pared a la otra, se te enreda el pelo en los nervios, se te escapan las voces en silencio. Si vas a decirlo. Si vas a escapar por esas rendijas donde comienzan los motivos que justifican mis días. Que sea siempre en voz baja. Como un susurro de muerte. Como el estertor de los muertos. Que mañana todo continúe como si nada. Que aprendas a callar como a mí me enseñaron. Que apenas me pronuncies que apenas me divagues que me dejes ahí en el lugar oscuro donde tejo la historia que nunca se sabrá. Que dejes manejar los hilos de ese imperio meticuloso de los sordos. Que nadie lo sepa. Que todo se calle. No digas nada. No me cites en tu discurso cotidiano. Apretame en la furia de tus dientes. Guardame en la respiración que te está ahogando. Tal vez un murmullo. Pero debajo de las sábanas. La tortura que alimenta mi deseo. La forma en que callas. Que comprendas el poder de tus labios.

V. Z.

La noche en el disfraz de la noche

La noche en el disfraz de la noche. Los cuerpos en el ardor nocturno. Un abrazo. Solamente un abrazo. Y la gran mentira de ir y venir, de cruzar y seguir por apenas unas migajas de amor desalmado. Saliste a buscar. Te encomendaste a los artilugios feroces del remordimiento. Te arrojaste a lo sin nombre, a los fantasmas, al tortuoso engaño de seguir sin lugar, sabiendo que en realidad, los lugares no te contienen; te condicionan, te desgastan. Un abrazo. Solamente un abrazo. La certeza de tu boca. El sinsabor de tus labios. No te vayas. No escapes al destino. Tu destino es la ambivalencia de mi alma, la dualidad de mis brazos, la sombra cruel que me prolonga, mi cuerpo sucumbiendo día a día. No te vayas. Un abrazo. Solamente un abrazo. No escapes a mis deseos de triturarte.

V. Z.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Pido que...


Pido que me dejes que me abandones que me pierdas, pido. Le ruego al viento que te deje quieta sobre tus apacibles nidos junto a tu sombra suspendida en la llama que te convoca, que te deje. Suplico por el mar que sus olas te embarquen que te devuelvan a otras costas que esas fuerzas te sumerjan en los fondos de océanos y te dejen dormida sobre orillas inhóspitas en islas deshabitadas, le suplico. Le pido a las palabras un conjuro una formula un discurso que te acerque al triste mundo de las cartas. A los vocablos y oraciones que te alejen, lejos, muy lejos. Clamo por perderte en la muchedumbre de los otros en las máscaras de los otros en la velocidad del mundo en la competencia feroz que se avecina en mis propias máscaras, perderte. Le imploro a los días que te devuelvan el tiempo que abran la ventana del tiempo que te regresen a su cruel mundo de minutos a la esclavitud de las agujas, le imploro. Pero estás seguís perseverás insistís, firme y tenaz como el mundo.
V. Z.

Confinada a la ausencia de tu imagen



Confinada a la ausencia de tu imagen, temo. Dejame traerte desde el lecho silente del recuerdo y aromarte con flores y animarte con velas. Te extraño como si estuvieras muerta. Desterrada de tu boca hago páramos donde crecen las piedras del olvido y la brisa te va alejando lentamente y acariciás la memoria que me tiene. Te extraño como si tuvieras alas. Dejame escanciar el deseo sobre la urdimbre de tu piel y coronarte de besos. Ya nada te trae hasta aquí, el viento te arranca de la estéril tierra de mi pecho. Te extraño como si estuvieras muerta. Como si no hubiera retorno y el pasado se sepulta en la velada de tu cuerpo. Te extraño como si estuvieras muerta. Y alguien se lamenta y te llora y lo niega todo porque no puede ser cierto. Alguien se viste de luto y te lleva crisantemos y te contempla dormida entre mortajas y te arrulla con canciones y se apena porque debe mentirse. Alguien se arroja sobre el piso de mi alma desconsoladamente y repite tu nombre en la congoja y no tiene consuelo y le piden que siga.
V. Z.

Que nos salven las palabras...


Que nos salven las palabras del vértigo mudo de saltar a nuestros brazos. Que nos retengan las palabras en el desliz nocturno para no caer vertiginosamente y perdernos y golpearnos. Son los toboganes del dolor y las palabras reiterándose en la puerta de tu boca. Que nos dejen las palabras que nos permitan anidar en sus huecos. Que los discursos no te atrapen. Que no te retengan en su mundo metódico de cadenas y aros. Por eso día y noche le pido a los discursos que abandonen tu boca que se queden dormidos en la suavidad de tus dientes. Y me hablas del juego dialéctico de tantos otros juegos. Y tu alma callada. Atada a un juego que no existe porque justamente se trata de no jugar pero sí perderlo todo. Que la mayéutica te enrede en su intuición. Qué no encuentres las palabras para nombrar. Entonces, que los pensamientos y las estrategias te destierren para siempre. Y las palabras, esas que se padecen, te salven de mi boca. Porque mi boca no tiene distancia con la llama.
V. Z.

La constante de la lluvia


La constante de la lluvia son las gotas lavándome el amor, las gotas que diluyen la esperanza, los charcos enlodando el alma.
La consigna de la lluvia y estas ganas desesperadas de bebérmela toda, de inundarme, de agotarme en los brazos que me extiende.
El argumento de la lluvia en los ojos bien lavados, en los pies que juntan charcos, en los pies que no van a otros paraísos que no sean hojas secas de un invierno repetido.
El drama de la lluvia, son amores que no regresan, vidas e historias que van a algún desagüe y luego en ríos se mezclan, por eso los ríos son tan tristes, tan oscuros y callados. Por eso los ríos me tienen presa de sus ramas muertas que flotan, de los sueños que se llevan, de la furia con que arrasan, de la solemnidad con que alejan lo que la lluvia me lava me despoja.
El secreto de la lluvia es vida y muerte sobre nuestras cabezas.
V. Z.

No podemos cortar estas sogas


No podemos cortar estas sogas y nos amarran. Estas sogas nos delatan. Estos nudos que nos tienen enroscadas a las sienes de alguien que se apodera de la pasión y nos deja tirante en el deseo. No puedo abandonar los nudos de la boca. No puedo dejarme caer de las cintas tirantes de los brazos. Esos brazos que nos unen y en las mañanas se estiran hasta cortarse y por eso los nudos. Por eso los nudos que nos aprietan del cuello y atraviesan cavidades. No podemos cortar estas sogas. Es mentira la libertad, es un mundo de sogas. Es un universo de hilos que se encuentran y se separan que nos enseña el vértigo cuando la cuerda queda floja que nos ata eternamente a la angustia de una cuerda muerta.
V. Z.

Esta tarde sin tarde sin legiones de la tarde


Esta tarde sin tarde sin legiones de la tarde que avancen sin atardecida
esta tarde en donde es tarde ganar los juegos que emergen de la ranura de las cosas
del quiebre de tu voz asoman los aromas de la tarde y soy así tan tardía sin tarde
tan perdida en los juegos que avanzan por el falso equilibrio del tiempo
la sinfonía de tu ausencia en la tarde me inventa la tarde me quita los días.
V. Z.

Tu boca, la boca de la noche

Busqué en la noche. Allí estaba tu boca esperando. La boca de la noche, tu boca. Allí, perdí la sensatez con gusto, con indiferencia. En la noche de tu cuerpo envejecido. Allí, dormí a los pies de pechos con flácidas sonrisas. Embelesada por la idea. Ensimismada en la prominencia de ese vientre. Hurgué como siempre en la noche. El cuerpo de la noche, tu cuerpo. Allí, abandoné mi suerte a las mareas de tus dones. Allí, envejecí junto a la dicha de esos pliegues. Decapitada por abrazos. Desprevenida del canibalismo que dormía oculto en el deseo. Busqué la noche. Tu noche de viuda voraz. La misma boca el mismo cuerpo. Tu sombra, su boca. Su sombra, tu cuerpo. Ahí me quedé callada para siempre.

V. Z.